COVID-19, CUARENTENA Y PANTALLAS

COVID-19, CUARENTENA Y PANTALLAS

El COVID-19 ha llegado a nuestro país. Se trata de un coronavirus que se propaga vertiginosamente y resulta necesario el aislamiento para evitar el colapso sanitario. Todos estamos de acuerdo en esto. Es necesario que seamos solidarios, hay que hacer el esfuerzo, hay que quedarse en casa.

Como consecuencia, los niños dejan de asistir al colegio, y parece que esto nos asusta más que el propio coronavirus: “¡Van a olvidar lo aprendido! ¡Van a dejar de aprender!”, “¿Qué van a hacer tantas horas sin actividades dirigidas? ¿Qué va a pasar con sus calificaciones?” Y entonces, a los colegios les parece imprescindible que los niños realicen un sinfín de tareas escolares diarias, a través de plataformas digitales. El miedo y la desconfianza en el ser humano y los niños se hace patente, y olvidamos que los niños tienen una inmensa capacidad de aprender cada día, sobre cualquier cosa, que los niños de educación infantil y primaria necesitan aprender de manera manipulativa y vivencial, y que se sigue aprendiendo muchísimo cocinando, colaborando en tareas domésticas de todo tipo, leyendo cuentos y jugando, jugando mucho a lo que ellos quieran.

Pero sobre todo, se pasa completamente por alto que lo que realmente necesita un cerebro en desarrollo es el ejercicio físico. Como ya decían Piaget y Wallon, la motricidad desempeña una función de importancia capital en el desarrollo de la inteligencia y las funciones cognitivas, así como en el establecimiento de las relaciones con el entorno.

Por otro lado, De Jager afirma que el desarrollo físico que se produce a través del movimiento tiene una gran importancia en la actividad cerebral, y constituye la base de todas las habilidades posteriores, tanto emocionales y sociales, como intelectuales. Dice también que la naturaleza utiliza la necesidad de movimiento del niño para su propio desarrollo, y que cuando éste se ha producido, la persona es entonces capaz de controlar esta necesidad de moverse.

Otros autores, como Jensen, Martín-Lobo y Rigal, establecen que las mismas áreas corticales que intervienen en el movimiento, también lo hacen en el aprendizaje, de manera que si el desarrollo motriz se realiza de manera adecuada, con la consiguiente automatización de movimientos, estas áreas corticales quedarán libres para otros aprendizajes, como por ejemplo el de la lecto-escritura.

Es un hecho, por tanto, que el desarrollo motor interviene en los procesos del aprendizaje, y que además, si un niño presenta dificultades en el ámbito cognitivo, normalmente se deberá a que no ha desarrollado de manera adecuada su motricidad. De este modo, sabemos que la motricidad es el origen, y a la vez, la solución que habrá que poner en práctica cuando se detecten problemas de aprendizaje en un alumno.

Este desarrollo psicomotor del que hablamos engloba las habilidades propias de la motricidad gruesa (arrastre, gateo, marcha, triscado, carrera, tono muscular, control postural y equilibrio), y también las de la motricidad fina (control del brazo y la mano y refinamiento de la misma hasta llegar a la destreza absoluta con la pinza digital).

Entonces, teniendo todo esto en cuenta, ¿Seremos capaces de ocuparnos de la verdadera prioridad, que son las necesidades motoras de los niños, o de nuevo nos centraremos sólo en lo cognitivo desde un enfoque completamente erróneo? Porque se nos ha impuesto ahora un aprendizaje basado en las pantallas, como si hubiera que seguir con lo que ha sido necesario interrumpir, intentando que todo siga igual, cuando ya nada es igual.

Y así, en muchos hogares la situación se ha vuelto kafkiana: Los niños, además de encerrados, saturados de tareas escolares. Las madres y padres, en el mejor de los casos, teletrabajando con el único ordenador que hay en la familia, teniendo que cumplir con su jornada laboral y haciendo de profesores de sus hijos, mientras todos hacen turnos para conectarse a internet y cumplir telemáticamente con esas obligaciones impuestas, y las no impuestas… Parece que las autoridades educativas no están al tanto de que los niños sanos lo que necesitan son pocas pantallas, mucho ejercicio y aprendizaje manipulativo (por no entrar en la brecha que supone el hecho de que no en todas las familias hay dispositivos electrónicos, impresoras, conexión a internet, etc.)

Pero por encima de todo, en medio de esta vorágine, no debemos olvidar la importancia de cuidar el aspecto emocional. Ahora que parecía que nos ponían en bandeja eso que llevamos tanto tiempo reclamando: La conciliación, estar con nuestra familia y restablecer una mirada íntima y sin distracciones. Volver al vínculo y al cuidado, al tiempo lento y a la dedicación…

Y resulta que en lugar de mirarnos entre nosotros, solo somos capaces de mirar pantallas. Pantallas para el “aprendizaje” on-line, pantallas para cuentacuentos on-line, pantallas para hacer pilates on-line, pantallas para meditar on-line, pantallas para visitar museos on-line, pantallas y más pantallas… Es como si necesitáramos que nos llenaran los ratos desde fuera, como si las pantallas fueran un auténtico clavo ardiendo al que agarrarse en estos tiempos de vacío existencial, como si no fuéramos capaces de conectar con nosotros mismos, como si no pudiéramos contar nosotros mismos los cuentos a nuestros hijos, y hablarnos y querernos y regresar a los momentos en torno al hogar y al fuego, rescatar aquello que nos hizo humanos.

¿Qué puede pasar si los niños no hacen tareas escolares on-line estos días? ¿Se van a atrofiar en su desarrollo cognitivo, o por el contrario pueden seguir aprendiendo mucho y disfrutando pintando con pinceles sobre el tema que ellos quieran, recortando, modelando con plastilina, poniendo la lavadora, doblando ropa o pasando la escoba? ¿Vamos a aprovechar esta oportunidad para favorecer el crecimiento personal, el contacto, el vínculo, la autonomía, la creatividad, o vamos a seguir estropeándolo todo?

Si todo sigue así, los niños volverán al colegio despistados, atrofiados, saturados, con falta de concentración… Y muy probablemente se llegará a la conclusión de que todo se debe a que aún no se les mandó hacer suficientes deberes.

Pongamos a los niños en el centro, conozcamos en profundidad sus verdaderas necesidades, y las de las familias que les acompañan. Es hora de reaccionar, en este confinamiento sin precedentes, ya no quedan excusas.

Escuela Cuarto Creciente
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